
[EL PERRO]
Teníamos un perro. Vivíamos en el campo. Era un perro juguetón, muy joven. Un cachorro de raza indefinida, precioso. Un día mordió a mi hermano pequeño, sin querer. No fue gran cosa, pero había sangre deslizándose por su tobillo. Mi padre se asustó, metió el perro en el coche y se fue. Cuando regresó, regresó solo. Tanto mi hermana como yo, en silencio, aprobamos ese abandono. Y del perro no se volvió a hablar. Pasados unos años, tres o cuatro, no sé, sucedió que una mañana se presentó ante nuestra casa un perro monstruoso, descomunal y prácticamente en sus huesos. Tenía un ojo inservible, fuera de la órbita, y su lomo estaba lacerado por marcas de alambre y quizás mordeduras de otros perros. Durante varios días se mantuvo erguido frente al portalón de la casa, sin ladrar, sin moverse, sin pedir nada. Sólo esperaba. Una noche, supongo que algo me despertó, no sé, miré por la ventana que daba a la entrada de la casa y sorprendí a mi padre dando de comer al perro. Y entonces aprendí que los dos se conocían.
Nota: Recientemente, y ese hecho me ha dejado mudo y con un cierto asco hacia mí, insulté a una persona en su blog. Reaccioné primitivamente a un artículo suyo que trataba de la belleza interior y exterior. Decía, sin traicionarle, que a la hora de elegir compañera se fió más de las enseñanzas extraídas de
“La Bella y la Bestia” y que se decantó por una hermosura oculta; pero que a la hora de disfrutar de la visión, se quedó y queda decididamente con los resplandores externos. Y ahora, recordando la imagen de mi padre alimentando a la bestia… (no sé seguir, te pido perdón por el infeliz comentario, pero permite que te diga que no existe, en la belleza, un dentro y un fuera, y que sé, lo sé, lo sé, que no hay sobre la tierra ni una sola mujer fea)
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