3.8.08

[DE LOS MECHEROS]

Hay, en el filme de Costa, una secuencia que bien pudiera ser la ilustración, inocente, de lo que los griegos llamaron “los cuatro elementos”.
Está Vanda en su habitación, sentada en la cama, en ese ritual circular de fumarse un chino.
Al intentar quemar el papel de plata repara que el mechero no enciende. Lo intenta varias veces hasta el desespero.
Lo arroja en un cubo de basura. Luego, a su derecha, coge una bolsa de plástico llena de mecheros bic –se supone que todos inservibles- y los va probando uno a uno.
Primero, rascando la piedra y comprobando la fuerza o ausencia de su llama. Al darse cuenta de que en ese ejercicio de rascar y tener que comprobar con los ojos la deseada llama está perdiendo un tiempo precioso, decide verificar el contenido de los mecheros por su sonido.
Y así asistimos a un frenético agitar, escuchar si el gas líquido se manifiesta o no, descartar, probar otro, y así hasta lo insoportable.

Me emociona que, en la promesa del fuego, Vanda se fíe más de sus oídos que de sus ojos.
Es como aquel que, perdido en el bosque y con sed, escucha el murmullo feliz de un arroyo y sabe, inmediatamente, de la imagen real del agua.

Imagen real –e infernal- que es esa columna de humo que los pulmones de Vanda escupen y que ella insiste en recibir
(¿será que nadie ve en esto un sacrificio?).

Un quinto elemento, sin duda Ozu, la culpa es de Ozu, que Costa filma insistentemente, como un manifiesto silencioso pero no por menos terrible: el vacío.

(Pensamientos para L., una cuchara de café debajo de la cama, medio limón escondido tras las cortinas de la cocina, una toalla con sangre y mecheros, muchos mecheros)


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2 comentarios:

c dijo...

formidável! :)

Á. dijo...

gracias Cristina... el miércoles me instalaré en una de las butacas de la primera fila!

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