[ESTIMADO SEÑOR PERLOV]
Estimado señor Perlov:
Sé que, a pesar de conocer perfectamente el portugués y por lo tanto entender en gran medida el español, esta carta no será leída por usted. Me gustaría ser creyente e imaginarle en el cielo, que es el lugar que sin duda merece. Pero posiblemente se encuentre usted muy cerca de mí –de hecho ya lo ha estado con sus diarios-, que alguna partícula de las que formaban su ser esté en este momento voloteando por esta sala de ventanas abiertas al mar.
En un mes, exactamente, viajaré a Río y allí me estableceré (¿por cuánto tiempo?). Su ciudad natal, que a veces he visitado, me parece, y en eso le doy la razón, la más hermosa del mundo. La naturaleza ha realizado en Río, así me lo parece, su mayor obra de arte. Sin embargo, y repito que ese lugar de la Tierra es de una belleza sublime, siento que la arquitectura humana, en una tentativa de mimetismo ingenuo, prefiero pensar, ha hecho de su ciudad un infierno.
Dice usted, en una de las secuencias del capítulo 6 de su diario:
“Me juré no filmar
ni la miseria
ni la opulencia.”
Permita que le diga que su juramento es difícilmente viable. Existe, sí, un entremedio entre la pobreza y la riqueza. Pero es insignificante y me hace pensar en una mariposa atravesando un bosque en llamas. Esos dos fuegos cruzados, el de la miseria, el de la opulencia, se han convertido en la sala de máquinas que mueve este país.
No obstante prometo vigilancia. Filmaré la mariposa (aunque sea desde un taxi, como suele usted hacer), y no ofenderé a los más humildes (esa frase es suya).
Sin más, agradeciéndole sus filmes, emocionado con el casi último plano de su diario (las piedras en la tumba de su madre, que Oron me dice ser tradición judaica, piedras que son lo primero que un niño colecciona, la piedra, que en mi religión significaba pilar, el primer paso para construir la casa, mi casa, Río…), se despide estando para siempre con usted,
Ángel
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