[LAS BELLAS DURMIENTES]
[CHAPITRE 4]
1982-1983, David Perlov
Para filmar esas fotos, Perlov contrata a un equipo. El resto: la vida en la calle, la muerte en la televisión, la presencia inquietante de su apartamento vacío, las manifestaciones silenciosas… todo esto lo hace solo.
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La Guerra. Israel ha invadido el Líbano: “Operación para la Pacificación de Galilea”. Pero es la guerra. Perlov, solo en su apartamento de Tel Aviv, filma el cielo, el mar, aviones comerciales que pasan.
Evitar el drama. Concentrarse en las cosas más simples. Y como en el cuento de los hermanos Grimm, donde la princesa, víctima del maleficio lanzado por el hada que no ha sido invitada a la fiesta, cae en un sueño profundo de cien años, Perlov, que también ha quedado preso en el palacio (un reino rodeado de espinos) filma el dulce sueño de sus princesas; y lo hace con toda la maquinaria del cine industrial.
Es una parábola, pues en el cuento la princesa desfallece al herirse con un huso. Hay sangre, y es la sangre la que provoca la catástrofe. Se ha herido a sí misma, una herida insignificante (el dedo pulgar), pero suficiente para merecer el castigo (repito, el hada que colaboró tanto como las otras hadas para hacer posible la concepción y nacimiento de la princesa, no fue invitada a las celebraciones).
Un reino rodeado de espinos. Dos fotografías de mujeres que duermen. Perlov, que ha remplazado a un operador de cámara de la televisión israelí, entra en un hospital de campaña y filma el horror. Hay muchos heridos. Un soldado israelí, cuyo cuerpo quemado es sumergido en una bañera, llora como un bebé. Otro soldado, libanés, musulmán, envuelto en gasas, será irremediablemente interrogado.
Dos mujeres duermen. Dos fotografías. Un equipo de cine. Director de fotografía, ayudante de cámara, trípode, fotómetro, lámparas de 800, filtros… Perlov está en casa y dirige el rodaje de esas dos fotografías como si se tratase de una secuencia común, con actores, movimiento, corrección de encuadre… Pero Perlov está preso y sabe que también ha sido víctima del maleficio, que su sueño va durar cien años (no en vano cita y nos hace escuchar la voz de Gabriel García Márquez… Cien años... Soledad…), y por esa razón, desconocida para él, contrata a un equipo de cine, un grupo de técnicos que llegarán de fuera, desde fuera, con la esperanza de ser liberado, despertado. Ellos llegarán con sus machetes y abrirán un camino en el bosque de espinos… Pero nada de eso ocurrirá, pues el poder del cine no puede con los espinos. El poder del cine reside en filmar dos fotografías de dos mujeres que duermen y restituir fielmente ese tiempo de la mirada. Nada más. Pero nada menos.
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