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MADRE E HIJO]
Anoche tuve un sueño. En realidad fueron tres, pero parecían orquestados por el mismo director. Además, los tres jugaban con un único tema, tres variaciones sobre lo mismo.
En el primero, un amigo muy querido me dice que su madre ha muerto. La angustia del sueño la produce el hecho de que el cuerpo de su madre se encuentra en otra ciudad, y mi amigo se desespera ante la dificultad por conseguir un billete de tren.
Este primer sueño entra dentro de lo posible, es un sueño que se refleja en lo real. Mi amigo, y su madre, viven. Y yo puedo perfectamente encontrarme con él y él anunciarme la muerte de su madre.
En el segundo sueño atiendo el teléfono y reconozco la voz de un amigo al que no veo hace mucho tiempo. Una voz limpia, que me anuncia sin emoción que su madre acaba de fallecer. Me dice también que me llama desde su casa, una casa situada en un pueblo de alta montaña, que el cuerpo de su madre yace en el dormitorio y que la nieve ha bloqueado puertas y ventanas. Dulcemente me susurra que siente frío y cuelga.
Aquí, como se comprende, nos encontramos con un elemento que el primer sueño no tenía: la sospecha de una segunda muerte y mi impotencia para evitarla (en el sueño soy consciente de estar lejos de ese pueblo y también de haber perdido todo contacto con el amigo, por lo que me resulta imposible restablecer comunicación con él). Afortunadamente sé, aún soñando, que ese mi amigo perdió efectivamente a su madre hace veinte años, y que a raíz de su muerte vendió la casa del pueblo de alta montaña. Este conforto de no olvidar la realidad, que sé que existe del otro lado, me permite entrar en el tercer sueño (aunque desconfío ahora de sus sucesiones, y posiblemente fueron los tres articulándose paralelamente, y seguramente sea la intensidad y duración de cada uno de ellos las que les ordenan).
El tercero. Me encuentro en una habitación familiar, posiblemente en un cuarto de mi primera infancia. Mi padre está sentado en la cama y viste un traje de domingo. Llora con el desconsuelo de un niño, de esos niños que se pierden en los centros comerciales. No sabe qué hacer de sus manos. Yo le ayudo a poner una corbata negra. Al final, el nudo lo hace él, porque yo nunca lo he conseguido. Salimos los dos a la calle y él se tambalea. Ha perdido a su madre y caminamos hacia un cementerio. Es una tarde de domingo y estamos los dos solos en la ciudad. Siento todo su peso en mí, su dolor.
Despierto sintiendo su abrazo en el hombro derecho. De hecho tardo mucho en abrir los ojos. Hubiera deseado soñar al revés, empezar por éste último y despertar con el primero. Ese hubiera sido un dulce viaje, un paseo que me llevase de la ficción tremenda a la posible y estudiada realidad, a la realidad a la que me preparo diariamente.
Mi padre murió hace nueve años. Su madre, cuando él tenía apenas nueve.
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