31.10.08



[PANIM, LE VISAGE]

El rostro, en hebreo, también es plural.


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[REY, JUEZ, ESCLAVO]



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29.10.08

[DE VER AHORA]

Ofelia.-
“¡Mi alma noble aquí deshecha!
Los modales de un príncipe, y de un soldado
La espada, y de un sabio las palabras luminosas,
La semilla y el fruto soñado de un reino feliz,
El espejo fiel, la elegancia de las elegancias,
El centro de todas las miradas, todo esto, todo acabado,
Y yo, de todas las mujeres la más desconsolada, la más miserable
Por haber bebido la miel de sus dulces promesas,
Escucho ahora mi robusta y soberana razón
Que gime, como una campana desafinada,
Y ve que la gracia incomparable,
Mi florida juventud,
La demencia marchita. ¡Cuánta es mi desdicha
De haber visto, y de ver ahora!”



La Cia dos Atores estaba ayer en Salvador con su “Ensaio Hamlet”. Hay en Shakespeare, desde siempre -y casi siempre a pesar de las intenciones de los directores que se han atrevido con su obra-, un ver proyectado en el futuro. Las cosas van a suceder, suceden, e inmediatamente llegan con el aviso de nuevas tormentas. Hay también en Shakespeare un deseo muy profundo de regreso, de viaje al origen, y ese deseo hace que al dejar el teatro volvamos al libro, a las palabras.

El ensayo que propone Enrique Diaz juega dos veces con Hamlet. Primero porque introduce el teatro dentro de la propia obra (de por sí teatral, representada), y segundo por testar, y lograrlo felizmente, un sistema de rotación en los papeles. Ofelia abandona el vestido blanco y una sencilla chaqueta negra la convierte en Hamlet; o el fantasma de su padre es a su vez el hijo resucitado, la Reina o un espectador más.

El teatro es la casa de todas las abstracciones. La fascinación que nos provoca tiene que ver con su poder de representar. Cualquier cosa es otra y al mismo tiempo sigue permaneciendo como esa cosa. Ser y no ser. Ver, haber visto, y ver ahora.


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28.10.08



[LOS DEDOS DE NOA]


Intenté hablar hoy con Oron. Siempre que lo intento suena ocupado. Creo que lo hace aposta. No quiere que yo pague la comunicación y a los pocos minutos llama él. Pero ya le había enviado un mail. Le contaba que estaba escribiendo pequeñas cosas sobre mi viaje a Israel y que me gustaría publicar una imagen de su hermana Noa, que él mismo filmó con mi pequeña cámara de vídeo. En el mail le adjuntaba la imagen congelada de su hermana. Así que al poco sonó el teléfono. Los ojos de Noa no le gustaban. “Parecen velados”, me dice. En realidad el foco está en los dedos, en la mano derecha de Noa. Aunque también está en foco el calendario del fondo. Decididamente no entiendo nada de lo que llaman “alta definición”. Los ojos están más altos que el calendario, que los dedos. No debe de ser fácil hacer foco en unos ojos como los de Noa.

Ese día habíamos pasado una mañana muy agradable paseando por las calles de Tel Aviv. La ciudad me parecía tan efímera que un ligero viento se la hubiera podido llevar al instante. Era frágil y hermosa como un sueño, como el dibujo de un niño que se desprende de un cuaderno y se pierde para siempre. En una tienda compré flores y entonces subimos por el boulevard Rothschild.

Cuando llegamos a la casa de los padres de Oron ya era tarde, pero aun así nos sirvieron el almuerzo. El padre me trata con hermandad y la madre como madre. Es mi primer día en Tel Aviv y sin embargo todo me resulta familiar. Desde la terraza observo los edificios estilo Bauhaus, blancos y vivos. De niño consultaba una enciclopedia alemana que tenía ilustraciones anteriores a la Segunda Guerra. Me extrañaban las casas, las calles, los paisajes. Todo aquello está aquí, recuperado. No sé decirlo de otra forma, pero cuando el padre de Oron me muestra su biblioteca con sus Kafka publicados en aquella época lo entiendo. Y entiendo cuando, en hebreo, me dice, dando por hecho que entiendo el hebreo, “no eres tú, yo no soy yo, y ésta no es nuestra casa”.

Los dedos de Noa se relacionan con los objetos del apartamento como lo haría una abeja que se posa sin peso en la intimidad de las flores. También ocurre así cuando toma las manos del padre, o cuando pellizca algún alimento. Sus falanges son las de un ser humano, se parecen con las de un ser humano. Pero sus movimientos nacen en otro mundo.


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27.10.08



[EN SAFED (2)]


Era el segundo día del año nuevo (Rosh ha-shaná), un grupo de mujeres ortodoxas contemplaba el horizonte desde esta montaña de la Alta Galilea.

Nace la primera estrella sobre una luna creciente (que en hebreo es femenina y masculina) y el grupo de mujeres busca en sus bolsos cajetillas de tabaco y comienzan a fumar.

La fiesta ha terminado. Los hombres salen de las sinagogas y juegan con los niños. Llevan aquí desde que la Inquisición les expulsó de España. Son pobres, sobreviven gracias a una ayuda estatal y pequeños trabajos. Su dedicación exclusiva a la interpretación de la palabra (la palabra que ellos consideran escrita por Elohim) no les deja mucho tiempo libre. Esperan, llevan siglos haciéndolo, la llegada de la imagen.

Oron y yo tenemos sed (en hebreo “agua” es femenino y plural), pero nada que se parezca a un café o bar se deja ver en la calle. Regresamos al coche. Ahora podemos dejar la ciudad de Safed, la fiesta ha terminado.


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26.10.08





[EN SAFED]

Con Oron, en el pueblo místico de Safed,
antes de la primera estrella,
un niño me recuerda al niño que fui y pienso,
como ellos,
que es necesario reducir la distancia que nos separa
del cielo.


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